Ahora, lo mismo de siempre
¿Somos los colombianos diversificadores natos?
¿Qué viene ahora para Atemporal? Esa pregunta me la hacen a cada rato. No importa si estamos empezando el año, antes de elecciones, después de elecciones o a dos días de la final del mundial. Es la pregunta esencial del colombiano. No lo pueden ver a uno medio acomodado porque ahí mismo se la tiran: ¿qué sigue?
Mi respuesta usual es que ahora sigue lo mismo de siempre. Es una respuesta insatisfactoria pues la gracia de preguntar por el “ahora qué” busca, no la reafirmación de un presente promisorio, sino la estimulación imaginativa de un futuro por construirse.
No es un asunto menor. Detrás de la inocente pregunta hay una idea profunda, la de que uno no debería quedarse mucho tiempo en una misma cosa, y un rasgo cultural bastante colombiano que ahora me interesa señalar.
A diferencia de los argentinos, los ricos colombianos nunca se especializaron. Esta es una observación de Gómez Buendía en La verdadera historia de Colombia. Allá, dice Gómez Buendía, hubo siempre tensiones entre industriales y terratenientes; acá los industriales han sido dueños de tierras a la vez que han tenido acciones en la banca y también han invertido en edificios en las ciudades. El rico colombiano, podría concluir uno, ha sabido diversificar. Eso lo ha vuelto el más antifrágil de los ricos y también un adelantado a su tiempo al aplicar el hoy recurrente consejo de los expertos en finanzas.
Pero este portafolio amplio del rico colombiano habla más de una incapacidad de foco que de una apuesta por la diversificación. Parece que estamos ante un caso de inquietud más que ante uno de pericia inversionista.
“Me fastidia sobremanera la costumbre, tan frecuente en este país, de aspirar a hacer dos o tres cosas al mismo tiempo, todas, desde luego, mal hechas, porque no existe la vocación para los oficios como la entendemos los puritanos”, dice el señor K, personaje alemán de la novela Los elegidos, que escribió el presidente Alfonso López Michelsen. El señor K acaba de llegar a Colombia y se muestra sorprendido con una élite bogotana con la que ha empezado a interactuar, aunque no en español, como quisiera él, sino en otros idiomas con los que la élite demuestra su sofisticación cosmopolita. Es una élite que ante las noticias de que Estados Unidos se une a la guerra contra Alemania corre a pensar en qué negocios podrían adelantar para aprovechar los eventos del teatro mundial y que manifiesta una y otra vez este rasgo de la inquietud del que vengo hablando. Es la inquietud lo que nos impide comprometernos con una única cosa, lo que desata la pérdida inmediata del foco apenas nuestros proyectos empiezan a dar resultados, la que produce una insatisfacción crónica con la manera como gastamos nuestros días. Ese rasgo explica mucho de Colombia y explica también por qué nos resulta tan natural hacer esa pregunta de “¿Y qué viene ahora?”.
No es este un rasgo exclusivo de los ricos. El mismo señor K lo señala en la continuación de su monólogo: “Lo he pensado muchas veces, cuando el lustrabotas me brilla los zapatos leyendo el diario de la mañana, que tiene a su lado, y mientras silba una música de moda. Naturalmente, no puede hacer ninguna de las tres cosas bien. Y entrar a una farmacia a comprar un remedio se ha convertido para mí en un suplicio, porque ya sé de antemano que cuando comience a explicarle al dependiente lo que deseo, una persona le pedirá otra cosa, por encima de mi hombro y, para complacernos a ambos, en lugar de terminar conmigo y seguir con el otro, optará por adelantar dos conversaciones simultáneas, que harán infinitamente dispendiosa la diligencia”.
Es el país de la imposible concentración, el país multitasker, el que elige -de manera inconsulta y constante- dispersar sus energías en múltiples proyectos. No hay devoción por el oficio, como observa el señor K, y en eso somos la antítesis del país que más quisiéramos emular.
Hay quienes sacan pecho por la economía de Estados Unidos, otros se vanaglorian del poderío de su ejército, a mí lo que siempre me ha llamado la atención es su obsesión por perseguir la excelencia. The land of the free es en realidad la tierra del artesano, el suelo en el que han pelechado los mejores en sus disciplinas. Estados Unidos es la tierra de los devotos por el oficio, un país de craftsmen. Han sabido llevar -o al menos lo han intentado- cada oficio a su mayor grado de excelencia. Ya en la cocina, ya en la arena política, en el campo de batalla y en los pasillos de los tribunales, suele encontrar uno en la cima a un gringo obsesivo que ha descifrado la manera de dejar al resto atrás. Los ajedrecistas, los abogados, los pilotos de avión, los escritores, los políticos: los habrá más talentosos en otros lados, pero no más devotos. Una vez el gringo descifra el trade o el craft al que se quiere dedicar le pone todas sus energías mentales y descubre lo que ya uno de los maestros de su oficio, Andrew Carnegie, había descifrado: “He aquí la condición primordial para el éxito, el gran secreto: concentre su energía, pensamiento y capital exclusivamente en el negocio en el que está involucrado”.
Acá, en cambio, no. Mientras a un gringo le tiran el “¿y ahora qué?” y contesta con “más de lo mismo”, pues se debe a su oficio, acá la imaginación se dispara y la energía se disipa y empezamos a imaginar, yet again, un nuevo proyecto al cual dedicarnos.
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que siga atemporal minimo hasta que entrevistes a luis fernando villa