Recuerdos del mundial
Fulbo.
Del de 2002 no me acuerdo de nada, salvo de la camiseta roja de Corea del Sur, que era de un rojo violento, y que le ganó a España -en ese entonces en España no jugaban niños ágiles del Barcelona sino señores madrileños medio troncos de apellido Morientes o cosas del estilo- en medio de una controversia arbitral. “Eso está amañado” habrá dicho alguien cercano porque esa es la imagen que conservo del mundial de 2002: que Corea hizo trampa y casi llega a la final. No tengo memoria de la final, pero sí vi los highlights en youtube y me sorprendió lo malo y lento que era el fútbol hace no mucho. Supongo que como dicen de la música, el mejor fútbol, objetivamente hablando, fue el que uno vio en su adolescencia. A mí el de actual sí me parece falto de magia y se que estoy cayendo en el cliché de endiosar el fútbol del pasado y de culpar a Guardiola -calvo hijue- por la sistematización del fútbol y el desplazamiento de la espontaneidad.
El de 2006 es el primer mundial que recuerdo con ese tinte especial que tienen los mundiales. Un evento central, alrededor del cual giraba la vida, y que era verdaderamente emocionante. El mundial era verano, una interrupción de la vida corriente y una licencia para pegarse a una pantalla de televisión sin despertar preocupación en los papás. Tengo grabado en la mente el partido inaugural. Ya los alemanes no eran los troncos del 2002, sino una tromba que le metió cuatro goles a Costa Rica (que descontó dos con Wanchope, que existía solo para ir a mundiales). El primer gol alemán lo metió Philipp Lahm, que era un lateral izquierda con una pinta de juicioso -de esos que se mete la camiseta por dentro- que no lo imagino en su vida después del mundo sino como seminarista. Otro gol fue un cañonazo (es imposible encontrar metáforas nuevas -o buenas- cuando se escribe de fulbo) de Frings, que luego de ese gol pasó a integrar la nómina de futbolistas-que-hicieron-una-sola-cosa-en-sus-carreras como el portugués que metió un golazo en la final de la Euro -¿Eder?- y luego desapareció de la faz de la tierra. Me imagino que los otros dos goles los habrá metido Klose, que para mí es sinónimo de mundial. Leyenda absoluta, se mantuvo vigente en los mundiales durante décadas, ¡décadas!, y era de esos nueve que no meten un gol fuera del área por nada del mundo. Espero verlo jugar ahora a sus 50 años.
Se podría escribir un artículo aparte sobre los futbolistas mundialistas. Los que padecen cuatro años grises con sus clubes -intenten pensar en Klose con la camiseta de un club, los reto- a la espera de que llegue el mundial y ahí sí se convierten en los mejores jugadores del mundo. Ahí está Klose, el arquero mexicano Ochoa, y uno del que no se habla mucho pero era un animal desatado cuando se ponía la camiseta de cuadros rojos y blancos: Ivan Perisic.
Ya en el 2006, tenía yo 13 años, se vivía por el mundial, pero los que crecimos en una casa no futbolera teníamos que conciliar el hecho de que los paseos familiares se atravesaban. Me acuerdo que la final del 2006 me cogió en alguna carretera de Colombia. Cuando paramos a desayunar vi el penaltí de panenka de Zidane y luego no vi sino hasta el extra tiempo cuando paramos en una tienda en la mitad de la nada. Me acuerdo no tanto del cabezazo de Zidane al pecho de Materazzi como de uno previo, también de Zidane, que Buffon tapó debajo del palo. Fue, según recuerdo, lo único emocionante que pasó en esa final.
El 2010 fue probablemente mi peak futbolístico. Ahí era fanático de Xavi Hernández, para mí el gran maestro del fútbol, y a quien le robaron el balón de oro para dárselo, no sorprende, a Messi (desde ahí no creo en los premios, ni en la FIFA, así no tenga nada que ver). Seguí con devoción la campaña de España y vimos quizás el mejor fútbol de un campeón en un mundial. Cada partido fue memorable: la derrota inicial, absolutamente azarosa, frente a Suiza, el partido dificilísimo contra Chile y el gol de villa por el blooper de Claudio Bravo, el penal que botó Cardozo (el paraguayo) y el gol de Villa que pegó como en tres palos antes de entrar, el cabezazo -el mejor de la historia mundial- de Puyol ante Alemania. La final -les digo que no soy de casa futbolera- me tocó verla en una tienda de televisores en un mall de Orlando. Es un patrón repetitivo en mi vida que los partidos importantes me agarran fuera de base. El Colombia-Inglaterra, la última vez que fuimos al mundial, me cogió en un vuelo intrascendente entre Medellín y Bogotá, que compré sin necesidad y sin pensar y sin, más importante, revisar los benditos horarios del mundial. Ya saben: si tienen que viajar en junio-julio durante mundial, antes que revisar los horarios de los vuelos hay que revisar los horarios de los partidos. Me acuerdo que vi hasta el minuto ochenta en el aeropuerto y ahí hicieron el último llamado para embarcar. Del gol agónico de Yerry Mina me enteré, ya sentado en mi silla, por el grito del copiloto. El avión seguía en tierra. Luego vino el anuncio del piloto: “señores nos vamos a extra tiempo”. Entonces despegó el avión. Ha sido tal vez el mayor episodio de ansiedad (futbolera y no futbolera) que he vivido. Cuando aterrizamos corrí por El Dorado buscando un televisor hasta que llegue a Kokoriko y me entere que nos preparábamos para penales. Me acuerdo de saltar abrazado con un desconocido gritando “lo tapó, lo tapó” cuando Ospina tapó el tercer penalti. Fueron segundos en los que creíamos que el mundo era nuestro. De los colombianos, digo. No del extraño y yo. Lo siguiente que recuerdo es hacer la fila para coger taxi. Creo que en una fila para el gulag se habrían visto caras más alegres.
Del mundial de Brasil no quiero hablar porque para los que crecimos con la selección Colombia de la primera década del 2000 -esa que siempre quedaba eliminada en la última fecha tras el partido que amañaban Uruguay y Argentina en esa siniestra alianza del cono sur- Brasil 2014 fue la gran redención. Fue casi surreal. Volver a un mundial tras dieciseís años y que el primer gol lo meta Pablo Armero que nunca había metido un gol con la derecha, que nunca había metido gol, y es más, que nunca, en su larga carrera, había pisado el área rival. Colombia no solo había roto la maldición que le impedía clasificar al mundial: parecía que lo iba a ganar. We can go all the way, pensabamos los colombianos que pensamos en británico cuando se trata de fulbo. Y llegó el partido contra Brasil. No voy a hablar de mis emociones durante y después del partido; me remito a la teoría de conspiración que le oí a un taxista: eso fue amañado. De otra manera no se entiende que a una selección con momentum Pékerman le hiciera dos cambios sustanciales. Sacó de la titular a Aguilar (que a mí nunca me gustó, pero hay que decir que jugó el mundial de su vida) por Freddy Guarín, y sacó también a Jackson (top jugadores subvalorados de la historia) para meter a Víctor Ibarbo. Estoy dispuesto a que me desmientan la teoría, pero la veo realmente sólida.
En los últimos dos mundiales (Qatar y este) me ha pasado lo mismo. No llego “a la cita mundialista” con la misma emoción de antes. La FIFA y su codicia ya arruinaron las eliminatorias suramericanas y siempre tengo susto que arruinen el mundial. El preciado recuerdo mundialista de infancia hace que uno quisiera preservar el formato intacto y cada vez la FIFA, en su afán de hacer más plata, le mete más la mano. Como protesta me perdí la primera ronda de Qatar. Llegué a pensar que me lo perdería todo porque estaba en Madrid y, déjenme decirles, ver fútbol allá es casi imposible y ni hay ambiente mundialista: al lado de los latinos todos son unos fríos. Pero luego el mundial se me metió otra vez en la sangre y fue imposible no verlo. Fue, quién iba a creerlo, uno de los mejores mundiales y sin duda la mejor final (y creo yo el mejor partido) de todos los tiempos.
Ahora nuevamente la FIFA le mete mano al mundial y llevó a todos los equipos, excepto a Chile. A veces presiento que va a ser malo. Pero qué carajos: es mundial, es verano, y en buena hora a este país ha vuelto el entusiasmo.
Eso sí, para ver Uzbekistán Congo no cuenten conmigo.
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Que no esté Italia y si Uzbekistán lo dice todo sobre la FIFA