Postal del campo colombiano
Bienvenidos a mi cabeza
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Desde donde estoy sentado veo cinco montañas. O, con el perdón de mis amigos geólogos (en realidad no tengo)(¿quién tiene amigos geólogos?), cinco cadenas montañosas, cinco… ehm, cordilleras. Ya sé, hablar de esta manera es atentar contra la geología, contra la ciencia, contra las rocas -nuevas y antiguas- y contra la tierra misma.
Pero para que me entiendan: al frente mío veo una gran montaña cuya “fachada” (perdón) es de esas plenamente verticales (¿un acantilado?). Es como si la hubieran cortado abruptamente y como resultado la piedra se expuso y ha cohibido a todo trozo verde de germinar allí. El lingo geológico me abandona y las palabras precisas me esquivan. Quizás, se me ocurre, debo acudir a algo más personal para sedimentar mejor mi descripción. Permitánme la siguiente comparación. Una montaña en Suiza, de esas perfectas que sirven de descansa pantallas en equipos microsoft, es como una torta de cumpleaños, digamos, por decir cualquier cosa, una de red velvet. Esta montaña que veo en frente no es una montaña suiza, pues el costado que me mira no es pulcro, verde microsoft; no es la torta de red velvet esperando a ser repartida sino que es la porción de red velvet. Alguien ya la cercenó. Ya un cuchillo la separó de la “torta madre” y ahora está, sola y huérfana, sobre el plato de icopor, y se ven esas finas capas, rojas unas, blancas otras, años de evolución codificado sobre la roca. Son capas imperfectas, esas que no logran verse tras la fachada perfecta de las montañas suizas pero que no nos cabe duda yacen en su interior.
La montaña que tengo en frente no es Suiza, es Colombia, carajo. Y su fachada delata su evolución, su imperfección, su orogenia (¿cómo la vieron amigos geólogos?). Y que así sea, que así se vea, me hace pensar que su proceso de formación, de orogénesis, no ha culminado y que quizás cuando esa montaña haga méritos para figurar en los salva pantallas de microsoft es porque ese día Colombia será un país tan carente de eventos como lo es Suiza.
Si pudiera tensar una línea de canopy entre donde estoy sentado y la parte de la montaña que está justo en frente de donde apuntan mis pies entonces la línea daría con la altura máxima de la montaña, que luego pierde altura hacia el oriente. Desciende como si fuera el lomo de un dragón y su forma me hizo acordar de una canción que sonaba todo el tiempo en mi infancia, Bob, the magic dragon/lives by the sea, lo cual no viene al caso realmente pero, maldita sea, esta es la primera vez que me permito poner en papel mi flujo de consciencia como si fuera un beat y si lo que apareció fue Bob, the magic dragon (casi seguro que no se llamaba así) entonces eso es lo que aquí quedará. La cola del dragón roza el valle y justo detrás hay otra montaña, o cordillera, o cadena montañosa, esta también escarpada y no diré más porque ¿quién en su sano juicio quiere leer la descripción de DOS montañas? Pero ahí no acaban las montañas. Son cinco, ya lo dije. Y en realidad, si me esfuerzo, puedo ver una sexta, y una séptima. El ciudadano promedio de este planeta morirá antes de ver tantas montañas como las que yo estoy contemplando en este preciso instante.
Leo a Marco Palacios en Colombia país fragmentado, sociedad dividida porque finalmente vine a sentarme acá no a avistar montañas sino a escribir un libro y puedo entender perfectamente una de las afirmaciones más polémicas del libro:
Algunos caminos de montaña eran demasiado tortuosos para las mulas, y cargueros humanos transportaban tanto bienes como pasajeros, a un costo entre un 70 y 100 por ciento superior al del acarreo a lomo de mula.
Es una afirmación loca pero no más loca que esta panorámica geográfica que tengo en frente mío. Esta cadena de montañas (primera vez, creo, que uso correctamente este término), una sobre otra tras la cola del dragón, que parece nunca va a terminar. Me temo que por más verraco que sea el Colombiano -trabaja más duro que una mula, ha quedado claro- no hay quien se le mida a estas montañas inconquistables y por eso, suerte la mía, esta postal del campo colombiano permanece relativamente pristina, aún cuando no falta -es Colombia después de todo- la música que ya retumba de algún parlante sobre exigido y que empezó apenas cesaron los mugidos mañaneros de las vacas dispersas, que tampoco nunca han faltado en el campo colombiano.
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De verdad es una cola de dragón. No lo creí hasta que lo vi en la foto. Ahora puedo decir que no sólo hay gigantes dormidos que formaron las montañas.