Para empezar a entendernos
¿Why cant we be friends?
Entre tanta entrevista y tanta noticia que se produjo en nuestro larguísimo ciclo electoral, hubo un intercambio que pasó desapercibido, pero que vale la pena recordar. Sucedió en un podcast de Maria Jimena Duzán en el que invitó a Luis Guillermo Vélez (acá su entrevista en Atemporal) y a Gustavo Bolívar a analizar la previa a la primera vuelta. Llegados al tema de la constituyente, Vélez le recuerda a Bolivar que en la historia de Colombia hay algo que produce violencia de manera, perdón la palabra, confiable: la imposición por parte del bando vencedor (en elecciones o en guerra) de una constitución. Y eso, le dijo Vélez, que es un digno representante del establecimiento colombiano (y no lo digo de manera despectiva), a Bolívar, figura central del petrismo, es lo que pretendía la constituyente petrista. Bolívar reaccionó asombrado con la preocupación de Vélez: era muy obvio que le parecía una exageración. No sé si Bolívar se estaba haciendo el bobo o si en realidad no sabía que el proyecto de constituyente de su movimiento era, en efecto, corporativista y tenía el fin último de acabar la democracia en este país y, por lo tanto, la desgracia predecible de sumir a Colombia ahí sí en una guerra civil. Me pareció un ejercicio valioso que permite ver cómo dos personas pueden tener una visión completamente diferente sobre los mismos hechos. Para uno un tema de vida o muerte, para el otro un asunto menor.
El domingo 21 de junio pasará a la historia como el día que Colombia se salvó de milagro. Cuando en unos años puedan analizar estos cuatro años sin la bruma partidista quedará claro que un Pacto Oscuro cooptó el Estado colombiano y pretendía aferrarse para siempre al poder. No me cabe duda que de haber sido otro el resultado del domingo, este proceso habría sido irreversible. Y aunque nos salvamos, mitad del país está pensando que nos condenamos. Yo creo que están equivocados, pero creo también que es importante intentar entenderlos. ¿Cómo empezamos entonces a entendernos?
Sigo en twitter a más personas de izquierda que de derecha. O de pronto me aparecen más ellos, no sé. Hay una que es estudiante de la Nacional, una activista de izquierda bastante fervorosa y radical. Me parece culta, persuasiva, sensible, y absolutamente miope. Ha escrito en varias ocasiones que no concibe cómo alguien iba a votar por Abelardo. La única explicación que se le ocurrió es que a los que votamos por Abelardo nos habían lavado el cerebro. Es posible que a pocas cuadras de donde viva esa activista esté la casa de su alter ego: un activista de derecha, culto, persuasivo, quizás con peor gusto literario, y también absolutamente convencido que la única explicación para que alguien votara por la continuidad del régimen es que tienen el cerebro lavado a punta de la propaganda que muy descaradamente montaron usando los medios públicos de televisión. Ese es el estado actual de la república: dos películas que cuentan la misma historia pero que presentan dos realidades tan distintas que ni se tocan.
Creo que un primer paso para empezar a entendernos es admitir que el lavado de cerebro no es la única -ni la mejor- explicación para las discrepancias políticas.
Me invitaron a hablar en un modelo de la ONU en un colegio de Bogotá. Por las preguntas que me hicieron me di cuenta que muchos de esos jóvenes, que están próximos a graduarse, han crecido con la sensación de que el Estado colombiano es un Estado débil. Para ellos el discurso del Estado fuerte que impone la autoridad y castiga a los criminales es particularmente atractivo. No es tan así para señores de cincuenta años que conocí en el Caquetá para quienes el discurso del Estado fuerte les recuerda los comienzos de los 2000, que fueron quizás los más duros de sus vidas. A los jóvenes del colegio les dije que todas las generaciones son presas de sus épocas. Nadie sale ileso de haber transitado a la adultez en el verano del 68, ni de haber estado encerrado en pandemia durante los grados de su colegio. Cada generación lleva su marca así como cada individuo está limitado por su biografía y la reflexión que ha hecho de sus propias vivencias. “La propia vida pesa”, le escuché decir a Hernando Gómez Buendía.
El libro de Haidt, La mente de los justos, le enseña a uno que los que son conservadores no lo son porque tienen propiedades y privilegios que defender, y que los liberales no lo son porque disfrutan la marihuana y quieren que los dejen en paz. Tiene que ver más con que unos y otros tienen algunos receptores morales más sensibles. Hay quienes no toleran las situaciones injustas. Otros no pueden es con el caos. Es como en la fila del buffet a la hora del almuerzo, les dije a los alumnos de ese colegio. Hay gente para la cual es más importante que la fila no se demore. Otra a la que no le importa la espera con tal de que haya orden. Y hay otros, incluso, que les tiene sin cuidado la fila y se preocupan tan solo por la temperatura del stroganoff. A unos la pinta desfachatada de Petro les parecía una burla a la dignidad presidencial; otros en cambio sentían que eso lo hacía un presidente cercano al pueblo. No siempre alguien tiene el cerebro lavado; tan solo tiene otros receptores morales prendidos.
Cada generación tiene su marca, cada persona carga el peso de su propia vida y las limitaciones de sus sensibilidades morales. La vida es complicada y la vida en sociedad lo es todavía más. Eso no quiere decir que todos tengamos la razón, pero sí nos da luces para empezar a entendernos.
Recomendación de la semana:
Libro: Colombia después de Petro de Hernando Gómez Buendía
Últimamente en Atemporal: Entrevisté a Cecilia López sobre si todavía tiene sentido hacer una reforma agraria en Colombia, su rol en la tecnocracia, su crítica a la tecnocracia neoliberal y más!
Conversé con Darío Vargas sobre el cine y la televisión colombiana. Hubo de todo: secretos de Estado, recuerdos nostálgicos, expedición Robinson, Pop stars y más!
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