Hace unos días entrevisté a un poeta. Cosa que no fue fácil para mí, pues nunca leo poesía. No es que nunca haya leído poesía. He leído. Siquiera se murieron los abuelos/ sin ver cómo afemina la molicie. También el de Kavafis sobre Ítaca, que dice que lo mejor no es volver sino haber viajado. Otro, fulminante, que me encontré en un libro de Leila Guerriero: Amor se fue / mientras duró de todo hizo placer / Cuando se fue / nada dejó que no doliera. He leído poesía, pero no leo poesía.
“¿Qué me recomendás para entrevistarlo?” le pregunté en paisa a un amigo paisa que lee poesía. “Lo mínimo”, me contestó, “es que te leas su poesía completa”. Hizo una pausa y concluyó: “por respeto”. Ah, bueno, no es sino eso, pensé. Leer la obra completa. Arrancar por el comienzo y terminar por el final. Al menos ya tengo plan de acción. Afortunadamente existen esos libros que se titulan “Poesía completa”, cosa que simplifica la tarea pues ya no es sino arrancar por la página uno hasta llegar a la cuatrocientas o quinientas, las que sean.
Decidí que iba a cumplir la misión. Leería la obra completa del poeta. Intenté maximizar mis chances de éxito alterando mi entorno para que fuera propicio al verso: silla cómoda, silencio absoluto, vino caliente (mentiras, tampoco). Prometo que me esforcé. Si un poema me llamaba la atención volvía y lo leía en voz alta. Pero aún así: nada. En definitiva, la poesía y yo, por ahora, nada de nada.
Comenté esta dificultad con un amigo (otro al que le gusta la poesía). Depronto es que yo nunca he estado enamorado, especuló él, y por eso no las siento. Le contesté que… Bueno, le contesté. Pensé que eso que le pasa a algunos con la poesía, que sienten que el poema habla de ellos y de sus vidas, me pasa a mí con las canciones. Quizás -esto fue lo que pensé- reemplace la poesía con indie folk gringo y por eso no me hace falta.
¿Qué le pasó a mi generación, que leemos menos poesía que los viejos mayores? No me convence la idea de que reemplazamos poesía con música, pues los mayores también metían frases de boleros en sus conversaciones y se les aguaba el ojo cuando cantaban: Con candor el alma entera yo te dí / pensando nuestro idilio consagrar / sin pensar que ella lo que buscaba en mí / era el amor de loca juventud.
¿Si no fue la música, entonces qué? Uno podría especular que fueron los libros que se pusieron en boga, los empresariales y los de autoayuda. Pero creo que no tiene tanto que ver con libros como con lectores. Con la cultura de lectura que impera en nuestra época. Se lo confesé al poeta en la cara: “no soy capaz de leer poesía”. Me miró indiferente. Así, supongo, son los poetas. Le dije que el afán me podía. Veo esos libros de poesía y me parece ineficiente el uso del espacio; pergaminos intactos, salvo por unas magras líneas de tinta que los atraviesan. Mi mente industrial no es capaz de compaginarlo. ¿Releer un poema? ¿Varias veces? ¿¡Con todo lo que hay por leer!? Esta mente está en una carrera por el conocimiento: ¿la vamos a ralentizar para que disfrute un poema? Ya lo sé: probablemente aprenda más en un ejercicio pausado de leer que en esta locura frenética de engullir libros, pero aquí estoy hablando de lo que soy, no de lo que debería ser. Y lo que soy, curiosamente, es un lector industrial. Y digo que es curioso porque soy hijo de los noventa, no precisamente una época de industria. Pero parece que la mente humana ha sido finalmente capturada por los paradigmas industriales, que esa gran enfermedad sobre la que advertía Russell -pensar que todo debe hacerse en virtud de algo más- ha terminado su proceso de expansión y mi generación no lee poemas porque ¿para qué?
Somos lectores industriales. Las generaciones anteriores se lamentaban de que había tantos libros por leer y tan poco tiempo. A nosotros nos preocupa que haya tanto por saber y tan poco tiempo. En ese giro sutil de la frase quedan por fuera los libros de poesía, y ni qué decir los de poesía completa, y puede que incluso la literatura. Cada vez más leemos para actuar, para aprender a ser efectivos en la vida real. Qué vamos a perder tiempo en busca del tiempo perdido cuando estamos en esta carrera febril por ser competentes y competitivos.
Es la -no sé si “triste”- realidad. Es la realidad. Y por eso ni hay tiempo para la poesía, ni yo puedo con la poesía.
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