La post sincronía defraudada
Dejen el celular en la casa.
Empieza un poco elitista. Era el segundo partido de tenis en dos días. El rival: mi tío. El resultado: perdí. El resultado psicológico: empecé el día molesto. Ya dije: la historia empieza elitista.
No quería saber nada del mundo y decidí dejar el celular en la casa. Riesgosa aventura. Tanto que mi empleada del servicio salió corriendo a avisarme que se me había quedado el celular con tal desespero que parecía que hubiera dejado, no sé, la vejiga.
Me senté a leer en una biblioteca pública. Hacía meses que no me concentraba así. Más dramático: hacía meses que no pensaba. De repente se me ocurrían cosas. Ideas de proyectos. Temas para entrevistas. Tareas para ponerle a Claude para que me arregle la vida. Pero a la vez que tenía esta categoría de pensamientos que hasta entonces habían estado dormitando en la nebulosa, se me ocurrían también los clásicos pensamientos que, de haberlo tenido en el bolsillo, habrían comandado mi mano a retomar el celular: mandarle una foto de la vista a X, recomendarle a Y este libro, decirle a Z que lo habían citado en el libro, recordarle a V que esa noche teníamos cine.
Es cierto lo que dicen: el celular es una extensión del cuerpo humano. Está tan ligado al cerebro como la mano que salta a agarrarlo cada que tenemos un instante de tiempo muerto. A veces el cerebro comanda a la mano y tomamos el celular; otras veces es al revés: la mano mecánicamente busca el celular y lo que vemos en la pantalla pone a andar el cerebro.
El celular puede ser un potenciador del cerebro pero también su más potente narcótico. Vivimos la época del cerebro sobreestimulado. Y el exceso de estimulación no deriva en un cerebro hipercreativo sino en uno adormilado por la fatiga. Ante la menor inquietud o ante la quietud, el primer impulso es mirar el celular, desplazar con el pulgar alguna interfaz y producir hits de dopamina que anulen el pensamiento inquietante o suplan el vacío -efímero descanso- cerebral.
Toda innovación tecnológica nace prometedora. Pero rara vez cumple con sus promesas originales. David Brooks muestra cómo la promesa de la IA de devolvernos tiempo de ocio -al reducir la carga de trabajo- ha resultado en exactamente lo contrario. De la misma manera, una de las promesas del celular era que nos iba a liberar de la sincronía comunicacional. Ya no tendríamos que estar al mismo tiempo de los dos lados de la línea telefónica. Prometía además tenerlo todo en el mundo: toda la cultura, la información, y la interacción. Y lo mejor: la íbamos a tener cuando quisieramos. Éramos nosotros, no nuestras pantallas, quienes decidiríamos cuándo acceder a ese bufé ilimitado.
Sucedió todo lo contrario. La post sincronía no llegó. En cambio quedamos sumidos en la eterna sincronía. Los mensajes de Whatsapp no reposan pacientes aguardando a ser contestados; son tan instantáneos que nos permiten casi que registrar, minuto a minuto, lo que hicimos a lo largo del día. Spoiler: lo que hicimos a lo largo del día fue charlar por Whatsapp. La gran oferta informativa y cultural terminó concentrada en dos o tres redes sociales cuyo ritmo nadie en el mundo, ni el más adicto, es capaz de seguir.
Estamos sumidos en un eterno presente que se renueva no con nuevos eventos sino con el pulgar que refresca cuantas veces sea necesario nuestra ventana digital. Nada es memorable. Todos los días aparece algo que promete ser memorable -un video, una noticia- y es impulsado con la fuerza arrolladora del algoritmo para luego desvanecerse con la misma predictibilidad rutinaria del hit del día anterior.
Antes acumulábamos temas de conversación y los tramitábamos cuando llegaba el momento de conversar. Hoy el momento de conversar nunca se acaba y no estoy seguro de que la conversación suceda sino que más bien se trata de un intercambio constante de pensamientos que despachamos apenas estos osan entrar en la consciencia. Antes había momentos específicos para enterarnos del mundo -el periódico en la mañana, el noticiero a mediodía- y momentos para culturizarse -el teatro los jueves, la exposición en la galería, la novela a las ocho-. Hoy todo (cultura, interacción, información) está entremezclado: nos culturizamos mientras nos vamos enterando y no nos aguantamos las ganas de contarle a alguien aquello que apenas estamos procesando.
El celular -lo sabe todo aquel que tenga uno, o sea lo sabe todo el mundo- no nos liberó, sino que nos ató (de manera definitiva, parece) a una sincronía incesante.
El anhelo de liberación cada vez coge más fuerza. Comprarse un Nokia 1100, desentenderse de todo esto. Volver a aburrirse (el celular resolvió el aburrimiento, ¿qué tan loco es eso?). Jugar culebrita en los tiempos muertos. Dejar que el cerebro procese nuestras vidas en vez de que ocupe todo su poder procesando nuestras pantallas.
Pero la revolución es difícil. Se renunciaría a mucho. Un lenguaje común con los amigos (“viste ese video de __”), oportunidades de negocio, la capacidad de estar presente para lidiar con las crisis, poner a Claude a mejorar nuestras vidas mientras esperamos que nos atiendan en la secretaría de hacienda para pagar el ICA (what even?). La espontaneidad, uno de los grandes logros no prometidos del celular (“¿cómo así que estás por acá? Veámonos”).
No tengo clara la mejor manera de relacionarse con el celular. Pero de lo que no me cabe duda es que haber vuelto a degustar la post sincronía me reveló cuán demente es el ajetreo diario en el que nos mete esta máquina.
Creo que en diez años veremos dos grandes brechas. Una en la gente que se montó en la IA y la usó no para adormecer para siempre su cerebro sino para potenciarlo. Y la segunda: la gente que luchó contra el celular y logró recuperar su concentración. Los resultados serán dramáticos.
De ahora en adelante voy a dejar el celular en casa lo más que pueda.
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