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Pola Garcia's avatar

Que ganas de vivir en el mundo en el que las conversaciones a distancia eran cartas largas y sustanciosas y las conversaciones con amigos tenian un momento especifico en el tiempo y toda nuestra atención. A dos rayitas de botar el celular por la ventana y quedarme con un nokia, pero la dependencia a google maps, apple pay, whatsapp e incluso slack no me lo permite :(

Paula Osorio's avatar

La alarma suena a las 4:00 a. m.

Estiro la mano para apagarla.

Y, casi sin pensarlo, tomo el celular.

Instagram… y scroll.

Me levanto. Voy al baño.

Instagram… y scroll.

Mientras me cepillo los dientes, una mano sostiene el cepillo y la otra el celular.

Instagram… y scroll.

Preparo el desayuno. Los huevos aún no están listos.

Instagram… y scroll.

Salgo de casa. Llego al primer semáforo.

Instagram… y scroll.

Entro al ascensor rumbo a la oficina.

Instagram… y scroll.

Enciendo el computador. Mientras cargan los programas.

Instagram… y scroll.

Termina una reunión. Empieza otra.

En esos dos minutos de silencio…

Instagram… y scroll.

Llego a casa.

Mi hijo intenta contarme cómo estuvo su día.

Yo asiento con la cabeza, pero mi mirada vuelve a caer sobre la pantalla.

Instagram… y scroll.

Llega la noche.

Me acuesto con la intención de descansar.

Pero antes de cerrar los ojos, vuelvo a hacer exactamente lo mismo.

Instagram… y scroll.

Y así, un día.

Y otro.

Y otro más.

No porque realmente quisiera hacerlo, sino porque mi cerebro ya no me preguntaba. Lo hacía por mí.

Era un hábito tan automático que dejó de sentirse como una decisión.

Pasaban horas enteras sin darme cuenta. Mi capacidad para concentrarme desapareció. Permanecer más de diez minutos en una sola tarea se volvió un reto. Mi mente buscaba cualquier excusa para escapar hacia esa pequeña dosis de estimulación inmediata.

Lo más irónico es que creía que Instagram me ayudaba a desconectarme de la realidad.

En realidad, me estaba desconectando de mi propia vida.

Intenté poner límites.

“No más de una hora al día.”

Duró poco.

Intenté eliminar la aplicación.

Tres horas después ya estaba instalada otra vez.

Entonces entendí que el problema no era la aplicación.

Era el hábito.

Y los hábitos, cuando ya controlan tus decisiones, rara vez se negocian.

Por eso tomé una decisión que, para mí, fue radical: desactivé mi perfil y eliminé la aplicación.

Hoy llevo cinco días.

Cinco días sin ese impulso constante de revisar el celular.

Cinco días sintiendo una calma que hacía mucho no experimentaba.

Cinco días recuperando tiempo, atención y presencia.

Nunca imaginé que lo que más iba a extrañar no sería Instagram.

Sino descubrir cuánto de mí seguía ahí, esperando a que dejara de mirar una pantalla para volver a aparecer.

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