Empiezo no por las nuestras sino por las de ellos. Las que tantos acá quisieran que fueran las suyas y las que tantos, entendiblemente, ya han hecho suyas (o al menos se han mudado allá con ese objetivo). Hablo de Madrid, Barcelona, París, y las otras capitales europeas que antes eran el anhelo de los ricos (eso al menos dice el proverbio colombiano sobre la aspiración: la clase alta a Londres, la media a Miami, la baja a México), y ahora, luego de varias leyes que intentan dinamizar la improductividad europea, se han vuelto una verdadera posibilidad de muchos, sin importar su nivel de ingreso.
¿Qué tienen de especial esas ciudades europeas que las nuestras no parecen poder competirles? Creo que es una pregunta que vale la pena plantearnos. Lo primero y más obvio es que esas ciudades ofrecen seguridad. Aun cuando uno escucha de casos de inseguridad en Madrid, lo importante no es que no pasen incidentes sino que la gente tenga la idea de que vive en una ciudad segura. Bogotá parece deshabitada cuando se camina por ella; si fuera una ciudad segura las calles tendrían que estar rebosando de gente (lo cual -esta es parte de la dificultad del asunto- la haría más segura).
Entonces la primera intuición es que la gente se va en busca de seguridad. Pero si lo miramos con más detenimiento me parece que la gente busca algo más elemental: civilización. Y voy a definir civilización como el comportamiento predecible de los demás ciudadanos. Esto es: que no haya motos en contravía, o todavía mejor: que no haya motos en contravía por los andenes peatonales (para los que llevan tiempo viviendo fuera de Bogotá: ese es el nuevo normal), que la gente cruce por las cebras peatonales, que los carros respeten al peatón, que nadie tire basura en los jardines de la ciudad. En fin, que la gente se comporte bajo reglas primarias de convivencia y que uno pueda tener la certeza de que el otro que viene por la acera no va, de repente, a actuar como un salvaje. Eso es lo que permite que se bajen las defensas, que el cortisol caiga, y que uno pueda, no sé, ¿disfrutar la ciudad en vez de sobrevivir a ella?
Me dirán que lo que tenemos en Latinoamérica es caos y eso es parte de su encanto. Pero difiero. Esto no es caos. Esto es barbarie. Caos es Roma, que casi no tiene semáforos y aun así los carros se cruzan en las intersecciones sin chocar. Se coordinan, como en los pueblos de Colombia, a punta de contacto visual y confianza. En cambio Lima: me monté en dos taxis y uno se chocó. Es barbarie, no caos.
Fue una suerte que pudiera fijarme en los hábitos de conducción de los romanos porque casi todo el tiempo estuve mirando por la ventana maravillado con las ruinas. Realmente están por todo lado. Y esto es precisamente otra cosa que extrañan nuestras ciudades. No me refiero a los vestigios de un antiguo imperio, sino a que parte de la mística de las ciudades europeas tiene que ver con que se nota que en algún momento un grupo de ciudadanos tomó una decisión. En Roma decidieron construir la ciudad moderna alrededor de las ruinas del imperio. En Paris decidieron que iba a ser peor andar en carro que a pie o en bicicleta. En Madrid decidieron que iba a ser una ciudad dedicada a la buena vida y por eso sus aceras dan prioridad a las mesas de bares y restaurantes. ¿Nuestras ciudades? Cuesta pensar qué decisión tomaron. Quizás Medellín decidió sembrar árboles por montones y eso sin duda se ha vuelto parte de su atractivo. ¿Bogotá? No se me ocurre. ¿Ser la ciudad de los conciertos? Quizás. Pero en general tengo la sensación de que vivimos en ciudades que han dejado de tomar decisiones. Que van ahí, llevadas por la inercia, viendo como las motos se suben a los andenes y su gente sigue con el cortisol alto pues tiene que hacerle frente a esa ausencia tan palpable de un anhelo apenas modesto: el de vivir en una civilización.
Recomendación de la semana:
Últimamente en Atemporal: Juan Camilo Cárdenas es profesor de economía y se ha interesado por la cooperación y la desigualdad. En este episodio conversamos sobre por qué nos cuesta a los colombianos ser mejores juntos que individualmente.
Conversé con Alberto Lozano, que dirigió la entidad que persigue el lavado de activos, sobre nuestra economía narcotizada, la verdadera riqueza de las FARC, y mucho más!



Lo que da más desesperanza es que cada vez se siente más como los habitantes de esas ciudades se rindieron, se rindieron y ya no se toma ninguna decisión. Parece no existir ningún tipo de confianza en que algo puede mejorar y un completo olvido de la agencia individual. Las ciudades de países nórdicos, que constantemente puntean como los mejores lugares para vivir, tienen en común es individuos que actúan por defecto en la forma correcta porque entienden el papel fundamental del individuo como contribuyente al bien común y la confianza en los demás, en que los otros actúen de forma correcta que al final impacta a cada individuo.
En Suramérica en cambio, el individuo no ejerce su agencia en el actuar correcto porque no confía en su poder de impactar ni en que los otros actuarán en beneficio de los demás. Así continuaremos viviendo a la deriva esperando a que sean otros los que solucionan el problema y tomen decisiones.
Como urbanista he de decir que tu articulo esta muy bien escrito, tambien tengo que decir que la ciudad que tenemos en parte se la debemos al trabajo de ingenieros civiles que nunca tomaron clases de Diseño Urbano, esto no lo ven en pregrado a diferencia de los arquitectos que si lo ven durante toda su carrera. Mario Noriega un gran profesor nos decia, "Es la lucha de clases, ... de las clases de ingeniería contra las clases de urbanismo"