Traido a ustedes gracias al CESA.
El CESA es la Casa de los Estrategas de Colombia. Es la escuela de negocios de donde han salido varios de los negocios más icónicos del país, como Crepes, y donde se formaron líderes empresariales de relevancia indiscutible, como María Fernanda Suárez. Y porque el CESA cree que la estrategia tiene que estar en el centro de los negocios que ganan, ha creado ahora el Club de Estrategia, una comunidad en la que se lee, se discute y se aprende de estrategia.
Pueden participar del bootcamp de Filosofía aplicada para líderes y estrategas a través del siguiente enlace: https://cesaforlife.cesa.edu.co/CourseLanding?idCourse=340
Para cualquier colombiano la inseguridad es un tema central. La conversación siempre surge alrededor de la tercera cerveza en una reunión con amigos: este vio un video, al otro le contaron una cosa aterradora, y otro incluso vio recientemente un atraco con sus propios ojos. La inseguridad determina tanto nuestras vidas que hay gente que migra por ese motivo, otra que compra carro aun cuando podría perfectamente movilizarse a pie y en transporte público, y otros -me incluyo- caminamos en la calle a un ritmo no recomendable para la contemplación meditativa. Es curioso que, aun tratándose de un tema tan central, los ciudadanos seamos tan pasivos con la gran aflicción de nuestras vidas. Delegamos el asunto 100% en las autoridades y nos limitamos a quejarnos de su ineficacia. No nos hemos organizado, por ejemplo, para exigir que el gobierno nacional incremente el número de policías en Bogotá, y pasemos de los 200 policías por 100 mil habitantes que tenemos actualmente a, por lo menos, los 300 por 100 mil que recomienda la ONU. No hemos creado asociaciones ciudadanas que pongan la lupa en los errores de procedimiento y en la fracasada arquitectura legal que ha derivado en la vergonzosa impunidad que ha llevado a más de un alcalde a perder la cabeza y a más de un pillo a convencerse, con razón, de que entre las cosas arriesgadas que puede hacer con su vida el crimen no está en el top 10. Pero eso es materia de otro newsletter porque el de hoy es sobre Brasil.
En Brasil la inseguridad también es un tema central. En Sao Paulo roban, en Río atracan. Así me resumieron el asunto. Como buen turista, tuve la ventaja de la ignorancia. Caminé relajado por calles feas, parecidas a algunas de Bogotá o Medellín, con la diferencia de que en esas habría estado azarado y en las brasileras en cambio deambulaba blissfuly unaware. La calle promedio en Sao Paulo es más fea (incluso en los barrios “buenos”) que las nuestras, hay menos gente en las calles, se ven menos policías, y nadie saca el celular en la calle (en Bogotá, a pesar de la inseguridad, muchos andan con el celular en la calle). Esos factores suman y generan la sensación de que es una ciudad insegura. Y a juzgar por el sistema de doble puerta que tienen los edificios, y que hay startups de seguridad que han llenado de cámaras la ciudad -lo que promete disminuir sustancialmente el crimen- allá sí parece que los ciudadanos han hecho más por solucionar su mayor flagelo.
A pesar de ser insegura, de tener un tráfico demencial -tanto, que el cielo está lleno de helicópteros movilizando ejecutivos-, a pesar de ser, en su dimensión estética, una ciudad típica de Latinoamérica -“qué hermosa ciudad tan fea”, dicen sobre Ciudad de México en la película Bardo-, a pesar de tantos ingredientes hostiles que tiene en su ADN, parece que los paulistas no han incorporado esa hostilidad en su temperamento. Los carros no pitan, lo que ya es mucha ganancia (en general son silenciosos los brasileros, triste recordatorio de la demencia de decibeles que manejamos en Colombia). No van por ahí malencarados. Si se tropiezan en la calle, en vez de insultarse, se piden perdón. La inseguridad los atormenta, pero ellos no empeoran la situación ni ensombrecen la atmósfera con su malgenio. Los paulistas han logrado que una ciudad insegura no sea también una ciudad agresiva.
¿Por qué ellos sí y nosotros no? Esa es la pregunta. Quizás tenga que ver con las diferencias de temperamento. El brasilero alegre. Cliché, pero los reto a que vean a tres brazucas esperando a que bajen las maletas del avión para que constaten que, cuando a uno ya le empieza a picar el malgenio, ellos son pura alegría. E melhor ser alegre que ser triste, dice una canción que escuché en las calles de Sao Paulo. Podríamos acudir a otro lugar común y decir que, en contraste, “el colombiano es violento por naturaleza”, aunque siempre me ha parecido que eso más que hablar sobre los colombianos habla de ciertos analistas que claudicaron en sus esfuerzos por entender las violencias que ha tenido el país. Quizás violentos no, pero sí agresivos. Esa era una idea que postulaba Alfonso López Michelsen hacia el final de su vida. Decía López que esa agresividad del colombiano era un fenómeno reciente. Que antes, sí, mucha violencia y todo, pero había también civismo. ¿Sesgo centralista? ¿Le faltó sentarse a tomar chicha en Líbano, Tolima circa 1952? Puede ser. También puede ser que haya razones no culturales que expliquen que en circunstancias similares, en “hermosas ciudades tan feas”, los brazucas mantengan su amabilidad y se pidan excusas cuando se tropiezan en la calle y nosotros pidamos perdón a Dios por la tunda tan tremenda que estamos a punto de pegarle al bobo ese que no estaba mirando por dónde camina.
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