Capturadores de atención
El surgimiento de la nueva camada política.
Le escuché a Ezra Klein (para mí el periodista/opinador que mejor lo hace en EE.UU) decir que los políticos que están triunfando en el mundo son los que han desarrollado una nueva habilidad: la de capturar la atención. Es Trump, es Abelardo, es Gavin Newsom por parte de los demócratas. Me pareció útil verlo así: una habilidad entre tantas que deben desarrollar los políticos en su ascenso a la cúspide. No es que ahora la política sea meramente show -como se dice todo el tiempo- sino que parte de la política es hacer show para capturar la atención de los electores.
Optimísticamente esto quiere decir que aparte de ser showmen, los gobernantes deben tener otras habilidades, como por ejemplo, no sé, gobernar. Y al optimismo lo valida advertir que, en efecto, tras la superficie en la que pareciera que los políticos se dedican a poco más que a grabar videos para redes (y a pensar en qué video grabar para redes) hay en el fondo asuntos de la política que se mueven. Acuerdos entre contradictores. Jugadas audaces que frenan derivas autoritarias. Coaliciones inesperadas que despiertan la ira de los militantes más pura sangre.
Pesimísticamente habría que contestar que no. Que lo que escucha uno a menudo de la gente que está en el Congreso, en los concejos, en los pasillos del poder, es que ahí se piensa en poco más que en la creación de contenido y no en el -inserte el idealista que hay en mí- bien común. Pronto habrá más influencers que políticos en el Congreso, ¿y quién nos promete que los políticos no están ya pensando como influencers?
Cuando escuché esto de la nueva habilidad que se abre espacio en las mentes de los políticos y que, sospecho yo, cada día gana más terreno, se me despertó la nostalgia por los políticos de otrora (ni Andrés Caro te escribe una frase más conservadora). Pensé que antes los políticos también dedicaban esfuerzos a capturar la atención, pero eso era para ganar elecciones y luego ya se dedicaban a gobernar. Aunque es cierto que nuestro país ha estado históricamente tan hipertrofiado de elecciones, tantas y tan seguidas, que es válido preguntar si hubo algún momento en el que se dejó de pensar en (y optimizar para) elecciones.
Podría decirse que la captura de la atención era menos meritocrática antes. Que había que hacerse amigo de la familia Santos o de la familia Gómez para abrirse espacio en la opinión. A veces da la sensación de que la política del siglo XX ocurría en las pocas cuadras que había entre Presidencia, Congreso y la casa editorial El Tiempo. Digan lo que digan de los influencers al Congreso, muchos se han abierto camino gracias a nada más que su trabajo (lo que no quita que haya unos ya demasiado vendidos a una secta en particular). ¿Qué produce mejores políticos? ¿Tener que hacer parte de una tertulia de gente de élite o estar en sintonía con los ciudadanos en redes sociales?
¿Eran más formativos para los políticos los canales de ascenso de antes que los actuales? Yo creo que sí. Había que foguearse, que probarse en algún cargo, decir cosas en la tertulia -restringida, claro, pero exigente en todo caso- que no lo fueran a dejar a uno en ridículo. La maduración del político iba acompasada con su ascenso en las filas; hoy un político (o un apolítico) puede llegar a la cima sin haber puesto nunca las manos en la escalera. La nueva habilidad es en realidad una mega habilidad. ¿Cuántos años de rigores de la política se ahorra un gran capturador de la atención? La respuesta es: muchos. Pero la verdadera pregunta es otra: ¿Qué consecuencias tiene para nosotros que nuestros representantes anden pensando como influencers y no como gobernantes? Como dirían los chinos, es aún demasiado pronto para determinarlo.
Recomendación de la semana:
Ezra Klein:
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