Tuve siempre la sospecha de que Antonio Caballero como historiador era más bien flojo. Paro aquí para decir que, como escritor en cambio, Antonio Caballero me parece un fenómeno. ¡Qué tipo para escribir bueno! Siempre dice algo interesante, siempre observa algo inesperado, siempre deja una frase memorable. Por eso me costó tanto aceptar que fuera un historiador flojo. Lo noté primero en un libro-entrevista que le hizo Juan Carlos Iragorri: todo cuanto decía sobre la historia de Colombia me parecía ya un lugar común ya una diatriba panfletaria contra el imperialismo yanqui. Acostumbrado uno a la genialidad en sus columnas de actualidad o en sus reseñas de obras de arte, es extraño leer ese antiimperialismo que a veces parece tan ordinario y otras veces francamente adolescente y la verdad prefiero experimentarlo, no sé, en una canción de Alí Primera.
Tuve pues la impresión de que la versión de la historia de Colombia que reposaba en la mente de Caballero era más parecida a una caricatura que a una película, ni qué decir a un documental. Cosa extraña de conciliar: el pensador profundo, el observador agudo, reducido a pensar de manera caricaturesca.
Salió su libro de historia, Historia de Colombia y sus oligarquías, y sumó a mis sospechas de que era cierto: Caballero historiador era una caricatura y convenía no leerlo. Evité el libro, pero este año lo reeditaron de manera que decidí superar mis prejuicios y darle una oportunidad a Caballero historiador. Spoiler: confirmé todos mis prejuicios.
Historia de Colombia y sus oligarquías es exactamente lo que imaginé: una caricatura de la historia de Colombia. Un repaso somero, que se parece más a lo que la gente dice que pasó que a lo que concluiría un historiador o incluso un aficionado a la historia que se tome el trabajo de mirar con seriedad qué fue lo que pasó.
¿Cómo es posible que el escritor descomunal y agudo observador sea también un mediocre historiador? Este esfuerzo por conciliar ambos personajes me ha hecho pensar en que es realmente difícil volverse excepcional en más de una disciplina. Lo vimos con Elon Musk, que es sin duda el más extraordinario empresario de nuestra era (por más que muchos periodistas -a los que les resulta difícil juzgar competencia por fuera de su disciplina- digan que es un farsante), pero que como jugador en la política resultó siendo un desastre. ¿Cómo es que un tipo que nos va a llevar a Marte haya sido tan torpe lidiando con la política local de Washington, tan minúscula en comparación con la aventura intergaláctica?
Ser el mejor empresario no lo convierte en el mejor político. De hecho, a veces son las propias virtudes empresariales las que impiden un buen desempeño en la política. Por eso vemos empresarios que de manera patológica financian inequivocamente la campaña perdedora, y otros, más intrépidos, que se lanzan y no solo hacen el ridículo, sino que empobrecen la democracia, y terminan escoltados por un policía camino a la comisaría de familia. Y sucede también a la inversa: tipos que han logrado elegirse al Congreso múltiples veces, con lo difícil que es conseguir un voto (algo que solo encuentra fácil quien nunca lo ha intentado), pero que lo ponen de ministro y no es capaz de coordinar una reunión de cinco personas.
Dominar una disciplina crea un aura que nos hace pensar que esa persona podría hacer lo que se proponga. Kanye le dice a un periodista que él podría jugar en la NBA y yo tiendo a creerle. Pero sucede una y otra vez que los maestros dan un paso fuera de su reino y se van de bruces. Es Usain Bolt tropezándose con el balón de fútbol, Diego Forlán haciendo una presentación decente en tenis pero que nunca se alzará a los niveles que le vimos con el balón en el 2010 con Uruguay. Nadie es profeta en su tierra, ni por fuera de su disciplina.
La excepcionalidad tiene su costo. Exige tanta dedicación que los verdaderos maestros de sus oficios tienden a la inutilidad en todo lo demás, incluso en la vida cotidiana, de la que por lo general alguien más termina encargándose. Los años de práctica en tenis son los mismos que Sinner no terminó dedicándole a su otro deporte de juventud, el esquí. El caso de Perisic (leyenda de mundiales con Croacia) siempre me llamó la atención pues también era miembro de la selección croata de voleibol. Si con esa distracción jugaba así de bien al fútbol, Perisic habría sido el mejor del mundo si tan solo hubiera renunciado al voleibol.
Los años de práctica acumulan ventajas que hacen cada vez más efectivo al performer. El empresario desarrolla una intuición poderosa, mientras que a Phelps le crece una espalda que nadie más podrá replicar, y el político aprende a manipular almas con poco más que un par de preguntas y la mirada fija. Pero luego esas virtudes le salen caras cuando intenta pasarse de disciplina. El pragmatismo empresarial crea heridas en los constituents del político, la lentitud democrática del político termina por quebrar a la empresa, y la contundencia de la mirada del bohemio Caballero termina por hacer de la historia de Colombia una caricatura.
En la historia buscamos detenimiento y detalle. Ver con profundidad las cosas de las que nos hemos enterado por encima y salir con la sensación de que nosotros, a diferencia del resto de mortales, sí entendemos. La columna es somera, no hay otra manera: comprime, caricaturiza, sintetiza. No matiza sino que atiza. No es una explicación sino una provocación. Y por eso Historia de Colombia y sus oligarquías es una columna, pero una columna alargada, o sea una columna aguada, o sea una columna mala. Y es por eso que la contundencia del genio de Caballero, tan efectiva en sus columnas, se pierde en un extenso recuento que se parece más a lo que un abuelo borracho le contaría a sus nietos en la chimenea de su finca que a lo que diría sobre la historia de Colombia uno de sus grandes intelectuales.
Recomendación de la semana:
No lo he visto, pero no veo la hora de:
Documental sobre el proceso 8000 en HBO.
Últimamente en Atemporal: Paloma Valencia estuvo en Atemporal haciendo un post mortem de su campaña a la presidencia. Aprendizajes, anécdotas y más!
Conversé con Darío Jaramillo Agudelo sobre su obra, la novela Cartas Cruzadas (una de mis preferidas), su paso por la subgerencia cultural del Banco de la República, el narcotráfico y mucho más.




Estoy seguro que él mismo con su aguda inteligencia, reconocía esas falencias que ud describe y por eso mismo no se adentró mucho en el terreno de las novelas.Hubiese sido una excelente elección para un "atemporal".